Día 8: 3 de agosto de 2008.
El domingo, en los cursos de verano en el extranjero, es el día de llegada por excelencia. Este día tres de agosto se cumplía una semana desde mi primerísimo encuentro con las calles de París. Y era el momento de saludar a la nueva compañera que, según Botton, era española.
Me levanté temprano con toda la intención de estar lista para las 10:30, pues esperaba que llegara a esa hora. No obstante, a las 10:15 o así, estando yo acabando de ducharme, escuché el timbre. Tuve que liarme en una toalla todo lo rápido que pude y salir a abrir la puerta. Allí estaba Botton, con su misma cara de siempre, y una chica morenísima de piel y bajita: sin duda, era española.
Resultó ser jienense emigrada a Tarragona, de nombre Vanesa, maestra de primaria con la plaza recién conseguida en las oposiciones. Misma edad que yo. Venía con la maleta repleta de comida; su madre había querido asegurarse de que no pasaría hambre. Un rato después fuimos al Centre Pompidou, ya que los museos son gratuitos el primer domingo de cada mes, y yo misma escogí ese al ser de los más caros de la ciudad. Vimos la colección permanente y alguna que otra temporal; todo lo que permitían ver gratis -había plantas para las que era necesario pagar más-. Expresionismo, fauvismo, cubismo... Las primeras vanguardias se desplegaban por las salas de la quinta planta, mientras un arte más reciente lo hacía por las de la cuarta.
En la calle vimos que en un ciber cercano al Centre Pompidou la hora de conexión superaba los seis euros; compramos bebidas por una necesidad imperiosa, y nos sentamos en una plaza, junto a una fuente. Allí, unos chicos me pidieron papel de fumar, y me preguntaron nacionalidad, nombre, edad. Fue gracioso porque al decirles que era española su respuesta fue Spanish...? Hmm... Cómo te llamas?
Unos minutos más tarde un chico llamado Lorenzo, medio kurdo medio español según él mismo nos dijo -en francés, eso sí; no hablaba otro idioma- se puso a bailar impidiéndole el paso a Vanesa. Quería hablar con nosotras, pero no teníamos ninguna lengua en común, ni siquiera el inglés. Se lamentó y se despidió.
Nosotras dimos un par de vueltas para volver a la Residencia; allí, nos cruzamos con dos españolas -Esther y Rosa- recién llegadas que dieron las gracias al cielo por toparse con alguien que hablara su idioma. Las llevé al supermercado que abre los domingos, luego a hacerse el bono del metro... Les expliqué cómo funcionan las cosas en París y pensé, sorprendida, ya no estoy sola.









