martes 29 de julio de 2008

Día 2.

[Escrito al mediodía]

París es la ciudad más triste del mundo. Sus calles te observan, esperando de ti algo más que una simple mirada. Algo más que un paseo solitario. París duele al cerrar los ojos y comprender que no existe para ningún otro.

Mi mirada confunde las calles, las plazas: todas las ciudades de Europa son una sola. Todas las ciudades son igual de hurañas para quien no se tiene más que a sí mismo.





[Escrito por la noche]

Les Invalides bulle bajo el sol. La gente camina despacio, sopesando si ir en esta o en aquella dirección: ¿qué es mejor, buscar la Concorde o entrar a un museo de historia militar? Los cañones me apuntan. Yo pienso: disparad.

Un chico me sonríe: parlez-vous français? Sonrío, niego con la cabeza; I speak English. El día anterior dos personas me creyeron francesa, fue genial; el primero, un chico de la Europa del norte -danés, tal vez-, que buscaba el metro junto al Sena; el segundo, de camino a Madeleine, un chico negro majísimo que me hablaba en francés y me dejaba responder en inglés. Viva la comunicación. También buscaba el metro, pero en esta ocasión yo trataba de encontrar lo mismo: el final del Tour de Francia impedía acceder normalmente al de Concorde. Pero hoy un chico me habló, sí; quería que le hiciera una foto. Aproveché la situación y le pedí lo mismo. Una mujer nos vio y se atrevió a unirse al festival fotográfico. Me despedí con un jubiloso bye, y aún ahora recuerdo la risa de aquella mujer, tan clara, tan sonora. Me hizo sonreír hasta llegar a la Place de Salvador Allende. Por cierto: recordad que el Musée Rodin cierra los lunes.

No me dejo desanimar al encontrar el museo cerrado; en vez de eso, entro en la primera boca del metro que encuentro. En el interior, copias malas del Pensador y el Balzac rodinianos me observan. Sonrío. En París gusta alardear de lo que se tiene. No tengo ni idea de qué línea estoy cogiendo, ni a dónde me dirijo, pero tengo clara una cosa: acabaré en Notre Dame.

Al final, resulta que acabo en la estación de metro Cluny-La Sorbonne, que es una preciosidad con mosaicos. El metro de París es un lugar de lo más ecléctico; lo mismo te encuentras muros de cristal tapando las vías -¿tanto suicida hay en París?-, que copias rodinianas, mosaicos en el techo con firmas de gente del tipo de Sartre, o instalaciones artísticas de muñecas de lo más diabólicas. No deja de sorprenderme. Sentada, tomando fotos, pienso que el metro es el único sitio del que me haré una idea real: es tan necesario, está tan presente en la vida del que reside aquí, que al final te lo conoces, sabes cómo se mueve, a qué velocidad respira. Me encanta porque siempre llega antes de lo que crees, aunque deteste la temperatura de los vagones y lo llenitos que van siempre.

Cuando salgo del metro me encuentro con algo que estaba pensando en buscar: tiendas de segunda mano de libros y discos. Miro, olfateo, degusto. Mezannine por 6.50. Me lo pensaré, por si acaso otro día me apetece. Y tal que así llego a una papelería: el paraíso de las libretas, tantas, de tantas formas y colores, tan absolutamente maravillosas, que me cuesta elegir una. Pero la forma delata a la que sin duda es perfecta: alargada, exige su puesto como libreta de poesía, o más bien libro a escribir a mano. También me gustaba una que estaba tan en blanco que daban ganas de dibujarle una portada. Pero era más cara.

En la puerta de la papelería unos españoles se preguntan cómo demonios llegar al Campo de Marte. Les sonrío, trato de indicarles. Ya me conozco ciertas cosas de París, y eso que es mi segundo día aquí. Les pregunto por Notre Dame. Dobla la esquina y la verás. No sé si estoy preparada; me agarro a la boca de metro art nouveau, le hago y me hago fotos, compro postales, doy vueltas... y giro la esquina. El Sena, Notre Dame: París gritándome su nombre y su existencia. Mi sangre implorando por un reconocimiento: estás viva, estás viva, no lo olvides.

Un hombre encantador -padre de familia- se ofreció a hacerme una foto; dentro, casi muero en plena misa al escuchar el órgano y una voz femenina preciosa cantando. La luz de las velas, las vidrieras... Es demasiado para alguien que ama tanto el arte. Y es que Notre Dame exige arrodillarse y comprender que ella es la belleza. Acurrucada junto a la cabecera, escucho la música y escribo las postales que he comprado; no creo que haya momento mejor para transmitir a nadie cuánto le echo de menos.

Acaba la misa, nos echan de Notre Dame. Estoy cansada. La batería de la cámara implora también su descanso. Camino a través de la plaza, y sonrío al ver a unos chicos jugar al “fútbol”. Voulez-vous jouer? Sonrío, no respondo; entiendo que uno le dice a otro que me tire la pelota, le pego una patada y escucho vítores: soy una gran tiradora, y eso que llevo sandalias.

Cruzo el puente y me tienta bajar al Sena. En vez de eso, tomo fotografías, y una pícara pintada me convence al fin: la vie est belle.

2 comentarios:

Taimar 29 de julio de 2008 13:05  

cuidao con el francés, que es un idioma demasiado bonito

tenías razón, me ha gustado mucho este post

somberkers 30 de julio de 2008 00:11  

Se me ha puesto la piel de gallina al leer el post. Que envidia me das! Poder disfrutar tanto de algo debe ser una maravilla ^-^

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